Núm. 20 (2020): Políticas de la Memoria

Alejandrina Falcón*

TITULOS:


Introducción: la foto, la cronología y el testimonio


1. Ediciones de La Flor entre 1966 y 1977


1.2. El exilio en Caracas: libros y petrodólares


2. La colección Libros de Hoy de El Diario de Caracas


2.1. Una “pequeña revolución” en el periodismo venezolano


2.2. Los libros del presente: una lectura del catálogo


Conclusiones


Anexo


Bibliografía


Resumen

 

Introducción: la foto, la cronología y el testimonio

El cartel, en la cima de una estantería, rubrica: “Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela”.1 Abajo, en los estantes, volúmenes negros de reconocible diseño y gruesos lomos evocan la edición académica, costosa y cuidada. En el centro de la fotografía, acodado en el escritorio, un empleado –de cuyo pulóver pende una credencial– conversa con un hombre de traje, sentado en diagonal. Los personajes retratados son Daniel Divinsky, editor de Ediciones de La Flor, y Pierre Desplaces, francés radicado en Venezuela, que trabajaba para Monte Ávila. La circunstancia es la Feria de Fráncfort de 1980, el evento anual que reúne a los editores del mundo en torno a la compra y venta de derechos.


Feria de Fráncfort, octubre de 1980. Daniel Divinsky con Pierre Desplaces en el stand de la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Foto de Jaime Pacheco.

Esta escena cotidiana de la vida editorial es una imagen del exilio político durante la última dictadura cívico-militar. Los elementos que hacen de esta fotografía una representación del exilio se perciben con claridad cuando reinscribimos la escena en la trama de una historia tantas veces relatada –en textos autobiográficos, entrevistas, notas periodísticas– que se ha vuelto anécdota: el exilio en Caracas de los editores de Ediciones de La Flor. Es posible, por cierto, dar mayor densidad informativa a la escena retratada y decir que esa fotografía nos muestra a un editor argentino cumpliendo funciones como empleado part time en un emprendimiento editorial impulsado por el Estado venezolano, la Biblioteca Ayacucho, cuyo stand atiende no lejos sin duda del stand argentino en el que se exhiben libros de la editorial que dirige desde su exilio en Caracas.

Sobre la censura en Ediciones de la Flor durante la dictadura y las condiciones de salida del país de sus editores, se ha escrito ya y no es poco lo que sabemos.2 Puede decirse que el relato es conocido. Sin embargo, menos se sabe de lo que sus editores hicieron en Venezuela. La cronología establecida por Carlos Ulanovsky en 1997 grafica el lugar del exilio en la reconstrucción de la historia de la editorial: con una entrada por año, entre 1966 y 1977, el período 1978-1983 se condensa en un párrafo que esboza a grandes rasgos la inscripción profesional venezolana de ambos editores.3 Ratifica esta representación –el exilio como paréntesis, asterisco o nota al pie–4 la autobiografía editorial escrita por Divinsky en 2006, en la cual sus años caraqueños se resumen con elíptica satisfacción: “Felizmente, todos nuestros trabajos en el exilio tuvieron que ver con los libros y el papel impreso, en tareas editoriales o paraeditoriales o en el periodismo o vendiendo libros, como lo hice para varios sellos argentinos y españoles”.5 Por cierto, la elipsis es de algún modo comprensible en ambos contextos: en el exilio la trayectoria de los editores se diferencia, se bifurca, del destino de su empresa, al tiempo que se diversifica, se enriquece y repolitiza al fundirse en proyectos editoriales de corte estatal y en proyectos periodísticos vinculados con figuras del poder político local, en los que gravitarán otros actores del exilio latinoamericano.

Mi propósito aquí es explorar la elipsis, expandir la nota al pie, para dar densidad a los años de exilio e inscribirlos en la trama de la historia editorial argentina mostrando que, lejos de ser mero material para una “historia personal”,6 la reconstrucción de la actividad editorial de argentinos exiliados en Venezuela contribuye al conocimiento de la historia del exilio político y sus vínculos con la edición en América Latina a finales del siglo XX. En ese sentido, la trayectoria de los editores de La Flor constituye un caso testigo pero no único.7

Por su carácter exploratorio, en este trabajo me centraré tan sólo en una de las prácticas editoriales desplegadas por Ana María Miler y Daniel Divinsky en Caracas entre 1979 y 1980: la dirección de la colección Libros de Hoy para El Diario de Caracas. Mencionada en algunos testimonios, esta colección permanece inexplorada pese a constituir una plataforma adecuada para reconstruir redes de exiliados latinoamericanos, tópicas discursivas de época, vínculos con la cultura receptora, aprendizajes y aportes de los exiliados a la producción pública de una identidad latinoamericana a través del libro y la prensa.

Este artículo consta de tres partes. La primera recorre sintéticamente los primeros años de Ediciones de La Flor, los motivos del exilio y la inserción laboral en Venezuela de Ana María Miler y Daniel Divinsky, con el propósito de encuadrar el análisis de la colección. La segunda procura reconstruir el catálogo de Libros de Hoy desde una perspectiva descriptiva e interpretativa de su contexto material, del universo de colaboradores y de su propuesta de lectura. Por último, se ofrece en anexo el catálogo de la colección sobre el que he basado mi interpretación.

 

1. Ediciones de La Flor entre 1966 y 1977

Conforme a la periodización editorial establecida para el caso argentino, en su primera década de existencia, Ediciones de La Flor transita entre un período de fuerte modernización de la cultura argentina durante la década de 1960 y uno de progresiva radicalización de las prácticas culturales y políticas, antesala de la dictadura de 1976, cuyo impacto en el mundo editorial ha sido descrito en investigaciones de variados perfiles.8 Integran la constelación de editoriales fundadas en los años sesenta, entre otras, el Centro Editor de América Latina, la Editorial Jorge Álvarez, Galerna, Siglo XXI y Tiempo Contemporáneo,9 cuyos catálogos se caracterizan tanto por la inclusión de autores nacionales y latinoamericanos como por la renovación de repertorios importados, en las ciencias sociales y la literatura, con fuerte presencia de géneros llamados “marginales” o menores –novela negra, ciencia ficción, literatura infantil, humor gráfico–, autores afroamericanos y literaturas periféricas en general.10 Representativa de estos rasgos de época, Ediciones de La Flor no sólo ha pasado a la historia por su pervivencia hasta nuestros días, como suele decirse, sino sobre todo por haber sido blanco de los agravios de la dictadura al mundo del libro.

Según la cronología establecida por Ulanovsky, todo comienza en 1966 con la constitución de la sociedad integrada por Daniel Divinsky, Oscar Finkelberg y Jorge Álvarez. Ana María Miler se incorpora en 1970 en reemplazo de ambos socios; por entonces, se organiza un primer equipo de trabajo con Susana Apel y Ricardo Nudelman. En 1974 se registra un pico de producción con casi 60 títulos en el mercado. Hasta el año 1977 la editorial y sus editores operaron con sede en Buenos Aires. Pero, más allá de la cronología, la saturación de ciertos datos en testimonios y entrevistas permite identificar tres elementos significativos para nuestra reconstrucción del exilio: la inicial renovación de repertorios, las restricciones heterónomas –censuras, prohibiciones– y la permanente circulación internacional de sus editores –ferias, viajes, exilio político–.

La renovación en la selección de materiales se manifestó tanto en las obras de lengua castellana como en aquellas escritas en lenguas foráneas. Si bien en la actualidad predomina la imagen que asocia el sello de La Flor con un catálogo nacional que combina representantes del humor gráfico argentino, como Quino o Fontanarrosa, con literatura argentina y latinoamericana, las primeras obras contratadas en 1967 señalan claramente el valor atribuido a la literatura importada: Adén-Arabia de Paul Nizan, Cuatro teorías sobre la prensa de Fred Siebert y Theodore Peterson y una antología de Georges Brassens, en traducción de Horacio Salas y Graciela Isnardi de Salas. La apuesta inicial por la poesía traducida se redobla en 1968 con Nueva Poesía USA. De Ezra Pound a Bob Dylan, con selección, prólogo y traducción de Marcelo Covián, y en 1970 con El conferenciante muerto de LeRoi Jones, en traducción de Niní Rivero y Martín Micharvegas. Ambas selecciones ilustran el giro hacia la literatura norteamericana contemporánea con énfasis en la poesía beatnik y la poesía negra –Wright, LeRoi Jones, Bond–. En esta línea de apertura a literaturas periféricas y géneros marginales, en 1972 Ana María Miler y Amelia Hannois idean Libros de la Florcita, una colección de literatura infantil escrita por autores “para adultos”, como Bradbury, Eco, S. Ocampo o Ionesco. En 1975 ambas crean una nueva colección de libros infantiles ilustrados: El Libro en Flor.

Ediciones de la Flor publica, es cierto, numerosos autores argentinos –Di Paola, Verbitsky, Viñas, Lamborghini, Marechal, Salas– pero también brasileños, como Vinicius –en traducción de Mario Trejo y René Palacios More–, cubanos, como Lezama Lima con la edición argentina de Paradiso, y aun puertorriqueños, como el joven Luis Rafael Sánchez publicado en 1976, expresión del interés personal de Divinsky “en promover escritores de todo el continente, en renovar un plantel que no puede quedar reducido a los capitostes del Boom”.11 En 1970 se incorpora al catálogo Quino con Mafalda y en 1973 Fontanarrosa, puntales de la editorial y motor de su supervivencia económica durante la dictadura.

Las censuras y prohibiciones, que eran un rasgo general del período,12 también afectaron a Ediciones de La Flor: desde el intento de prohibir Me tenés podrido, Argentina de Alfredo Grassi, durante la gestión de Lanusse, hasta la censura a Ganarse la muerte de Griselda Gambaro, con Videla en el poder. Ahora bien, el caso que derivó en la detención y posterior exilio de los editores –la prohibición del libro infantil Cinco Dedos– se inscribe doblemente en la circulación internacional que Divinsky reconoce como fundamental en su profesionalización. Dos son los años clave en ese proceso: 1970, con su primera gira por América Latina para establecer acuerdos de distribución, y 1973, con su primer viaje a Fráncfort:

Ese mismo año se produce mi definitiva profesionalización como editor: de común acuerdo con mi compañera y socia, abandono el ejercicio de la abogacía y viajo por primera vez a la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, lo que sería el bautismo de fuego para esta actividad. Mi presencia allí, se supo después, habría de tener serias consecuencias en nuestra vida personal y en la de la editorial.13

En efecto, en la Feria de Fráncfort se adquieren los derechos del libro Cinco Dedos, del Colectivo Libros para Niños de Berlín, publicado en la colección El libro en Flor y prohibido mediante el decreto 269/77. Tras la prohibición se ordena la detención de Miler y Divinsky, que permanecen a disposición del Poder Ejecutivo Nacional de febrero a julio de 1977. La consecuente campaña de denuncia internacional habría tenido escasas solidaridades locales y decisivas adhesiones internacionales: el director de la Feria de Fráncfort desde 1973, Peter Weidhaas, tras la liberación de los editores, puso a su disposición dos pasajes de avión y los declaró “representantes de la Argentina” para el evento de ese año. Más allá de los vínculos personales previos, el otorgamiento de un salvoconducto para los represaliados, que a priori constituye una función heterónoma propia de organismos internacionales de ayuda a refugiados políticos como ONU o ACNUR, puede leerse a la luz de las transformaciones de la feria tras la creación de ejes temáticos bianuales, cuya primera implementación en 1976 con el tema “América Latina” había modificado definitivamente la imagen de la feria hasta convertirla, según Weidhaas, “en un centro formador de opinión para el mundo del libro internacional”.14

 

1.2. El exilio en Caracas: libros y petrodólares

La intención inicial de los dueños de Ediciones de la Flor era radicarse en España para abrir allí una filial de la editorial, siguiendo el camino de no pocos editores, periodistas, escritores y traductores argentinos, algunos de ellos autores de la casa, como los mencionados Horacio Salas, Graciela Isnardi, Marcelo Covián, Mario Trejo o Griselda Gambaro.15 Los motivos que, tras una serie de escalas por América Latina y Europa, definieron la opción por Venezuela son aquellos que hicieron de ese país una de las sedes del exilio argentino más nutridas de América Latina: un contexto político favorable pues Venezuela era una isla democrática en un contexto regional dominado por dictaduras; una situación económica privilegiada, con condiciones de casi pleno empleo durante la década de 1970, y en particular a partir de 1974, cuando el aumento del precio del petróleo en el mercado internacional produjo un auge económico y financiero que se tradujo en la multiplicación de inversiones privadas y públicas, notoriamente invertidas en el desarrollo del sector de educación y cultura;16 un escenario social no reactivo a la presencia de extranjeros y exiliados latinoamericanos;17 y, por último, las redes de contactos locales, generalmente compuestas por otros argentinos previamente instalados en Venezuela, que propiciaron la obtención de puestos de trabajo en diversos sectores de la economía.18 Todas estas condiciones fueron particularmente favorables para quienes pudieron colocarse en empresas editoriales vinculadas con el Estado.

La inversión de los extraordinarios ingresos del Estado procedentes de la renta petrolera alcanzó de diversos modos al sector de educación y cultura; uno de ellos fue el aumento de presupuesto para financiar y dar impulso al sector del libro. Rafael Arráiz ha señalado el peso de la intervención del Estado venezolano como impulsor de proyectos editoriales:

A partir de 1936 [el Estado] comenzó su tarea de editor. Primero, como una actividad del departamento de publicaciones del Ministerio de Educación, y a partir de 1968, con la fundación de Monte Ávila Editores, y luego a partir de 1974 con la creación de la Biblioteca Ayacucho […]. Se han destacado las ediciones de Fundarte (Alcaldía de Caracas) y las de libros para niños cuidadas por Ekaré (Banco del Libro), así como las ediciones de la Academia de la Historia, todas estas subsidiadas por fondos del Estado, bien sea del poder central o del poder descentralizado.19


En virtud de la colocación social de los contactos que integraban sus redes, los propietarios de Ediciones de La Flor pudieron mantenerse “felizmente” vinculados con el mundo editorial. Por cierto, a la distancia, Miler y Divinsky siguieron operando como editores responsables de su empresa, cuya sede porteña funcionó gracias a la labor de Elisa de Miler, madre de Ana María Miler, y de un pequeño equipo de colaboradores, con el que se comunicaban por vía telefónica o epistolar. También, capitalizando las redes comerciales con editoriales españolas y argentinas, Divinsky se dedicó a la venta de libros. Pero la supervivencia económica, que a su vez posibilitaba el trabajo a distancia, se garantizó gracias a la obtención de puestos de medio tiempo en empresas editoriales locales impulsadas por el Estado venezolano o subvencionadas por él. Ana María Miler trabajó en la editorial Ekaré, el renovador proyecto de literatura infantil mencionado por Arráiz, y luego se incorporó a la revista política Nueva Sociedad, que perdura hasta hoy.20 En el caso de Divinsky, mediaron en la obtención de puestos de trabajo Ángel Rama y Rodolfo Terragno, figuras determinantes en la decisión de radicarse en Caracas.21

La fotografía descrita en apertura nos permite ver a Divinsky cumpliendo con sus funciones de director de la Secretaría de Prensa y Difusión, el cargo que Ángel Rama le había ofrecido ocupar en la Biblioteca Ayacucho, fundación del Estado venezolano, creada en 1974 mediante un decreto presidencial de Carlos Andrés Pérez. El proyecto intelectual plasmado en la colección, cuyo primer volumen de junio de 1976 está dedicado a la Doctrina del Libertador Simón Bolívar, fue condensado por Ángel Rama en “La biblioteca Ayacucho como instrumento de integración cultural Latinoamericana”.22 Concebida con un criterio culturalista latinoamericano, incluía diversidad de géneros, pluralidad de voces y discursos postergados. Se fundaba en una concepción de la identidad latinoamericana que incorporaba a Brasil, Puerto Rico y el Caribe, e incluía obras de autores no nativos, como el viajero y científico alemán Alexander von Humboldt. El propósito de desarrollar un discurso sobre la región quedó plasmado en el aparato paratextual que caracteriza la colección: frondosas introducciones escritas por expertos y densas cronologías al final de los volúmenes. A partir de la reconstrucción de esas redes de colaboradores, los críticos señalan que “la confección del archivo literario o de la Biblioteca está estrechamente vinculada con la expatriación o el exilio”.23 Así, en tanto emergente de la bonanza económica venezolana, este proyecto intelectual de corte editorial y financiamiento estatal derramó algo de su riqueza sobre el exilio latinoamericano diseminado por el mundo. La situación de Divinsky constituye un caso de este fenómeno.

Ahora bien, si Ángel Rama crea para el editor exiliado un puesto ad hoc destinado a cubrir el área de vacancia en prensa y difusión, Rodolfo Terragno le ofrece dirigir Libros de Hoy, una colección en las antípodas materiales y simbólicas de la Biblioteca Ayacucho, que no obstante reune algunas de sus características: también diseñada por Juan Fresán –con rasgos asombrosamente parecidos: marco negro, uso de orla blanca e imágenes de tapa alusivas al título–,24 incorpora pluralidad de géneros y de voces, configurando a través del catálogo una identidad latinoamericana que incluye autores extranjeros, viajeros y exiliados.

2. La colección Libros de Hoy de El Diario de Caracas

Toda colección, escribe Sophie Montreuil, es una “propuesta de lectura de origen editorial” aplicada a un conjunto de textos cuyos paratextos y soportes formales son portadores de cierta concepción de la literatura específica de la comunidad de lectores a la que va dirigida y a la vez construye.25 El nombre de la colección, su fecha de publicación, la editorial, los directores, autores, prologuistas, traductores, la presentación material, el principio unificador, los géneros publicados, la cantidad de títulos, el ritmo de publicación y el precio de venta son los primeros elementos para definir una colección. Esta dimensión descriptiva, por cierto, adquiere relieve explicativo al inscribir la “propuesta de lectura” en los múltiples contextos que la contienen y posibilitan. Así, una descripción de Libros de Hoy debe tener en cuenta que el análisis del principio unificador, de los géneros publicados, del ritmo de publicación y del conjunto de actores intervinientes está condicionado por su dependencia material del periódico que la difundía, El Diario de Caracas.

 

2.1. Una “pequeña revolución” en el periodismo venezolano

A finales de mayo de 1979, el diario español El País informaba sobre un acontecimiento periodístico en Venezuela: la creación de El Diario de Caracas. El nuevo periódico, escribía Ángel Luis La Calle, corresponsal en América Latina, era editado por “un grupo de personalidades del mundo financiero, intelectual y periodístico venezolano”;26 su principal promotor, “gran admirador y amigo de España”, era Diego Arria, ex ministro de Información y Turismo de Carlos Andrés Pérez que, tras dimitir en marzo de 1978, había lanzado su candidatura presidencial por el grupo independiente Causa Común para las elecciones generales de diciembre de ese año en las que resultó electo Luis Herrera Campins por el partido socialcristiano COPEI.

De La Calle definía en su artículo la creación de El Diario de Caracas como una “pequeña revolución”: “La información elaborada, sobre todo en la sección internacional, el periodismo interpretativo y la diaria inclusión de un editorial son novedades que han sabido apreciar los lectores”.27 Quizá no fuera ajeno a la elogiosa presentación el hecho de que el madrileño diario El País, el parisino Le Monde y el porteño La Opinión figuraran entre los modelos periodísticos que El Diario de Caracas reconocía como propios. La noticia omitía, sin embargo, un dato fundamental que explica la referencia a La Opinión: la “pequeña revolución” no sólo había sido impulsada por un grupo de personalidades del mundo financiero, intelectual y periodístico local, sino que su equipo conceptivo y directivo estaba conformado por un grupo de exiliados políticos argentinos –algunos de los cuales habían sido asesores de Arria– con trayectoria previa en la actividad periodística. Así, fundada en la importación de modelos europeos y latinoamericanos, esta renovación modernizadora del periodismo caraqueño fue convergente con la emigración política de periodistas argentinos desde 1974.

Una posible ficha técnica de El Diario de Caracas debería consignar, además de las ya mencionadas “publicaciones inspiradoras”, los siguientes datos:28 el formato gráfico era tabloide –los matutinos caraqueños El Nacional y El Universal eran grandes sábanas de más de sesenta hojas y fuerte presencia de publicidad–,29 con fotografía central en tapa, una tirada inicial de 25.000 ejemplares, salía de martes a domingo (en La Opinión, por ejemplo, esto se hacía para aliviar el presupuesto por la cobertura deportiva dominical) y tenía una serie de secciones fijas, entre ellas una sección de cultura. En cuanto al lector tipo, apuntaba a sectores medios profesionales, lectores “cultos” capaces de generar juicios propios sobre la información y apreciar una escritura periodística de trabajada forma e impulso interpretativo. En ese sentido, a modo de slogan, los números de prueba anunciaban “un periódico diferente”:

Tapa de El Diario de Caracas.

Hace tiempo que el lector venezolano ha llegado a la edad adulta: los diarios que quiere leer no son reproducciones serviles de la realidad sino instrumentos para comprenderla. El Diario de Caracas nacerá el 2 de mayo para ponerse de parte de ese lector (número 0-IV del martes 10 de abril de 1979).

Tras varios números cero, llamados “edición de muestra”, el diario debutó el 2 de mayo de 1979, con 32 páginas en blanco y negro. En el equipo inicial participaron como director Rodolfo Terragno, ideólogo del diario y asesor de Arria cuando aún era ministro de Carlos Andrés Pérez; Tomás Eloy Martínez como jefe de redacción; el exiliado paraguayo Julio Blanco como gerente de producción; Miguel Ángel Diez como gerente de administración; Raúl Lotitto, secreto “jefe de prensa” de la campaña de Arria a la presidencia, como editorialista;30 y Miguel Guagnini en el área de producción, como coordinador de la fotocoposición, el montaje de las páginas y el fotolito. Juan Fresán hizo del diseño gráfico del diario, pero no fue empleado de planta.31 Todo este personal era argentino, el resto era venezolano.32 En cuanto al staff, suele mencionarse a los dos fotógrafos de planta, Gustavo Beltrán y Luigi Scotto, siempre destacado; y los periodistas Alfonso Molina, Luis Lossada Sucre, Manuel Felipe Sierra, Enrique Rondón, Sebastián de la Nuez, María Teresa Arbeláez, Elizabeth Fuentes, Elizabeth Baralt, Eva Feld, Edgar Larrazábal, Pedro López, Ugo Ramallo, Susana Rotker, compañera de Tomás Eloy Martínez, Edgardo Silverkasten y Dolores Valle, estos últimos argentinos involucrados desde la gestación del periódico.33 Las restricciones a la práctica periodística de quienes no contaran con titulación y colegiatura, a menudo evocadas en los testimonios de exiliados, confinó a algunos colaboradores al trabajo free lance pero, evidentemente, no pudo impedir la presencia de periodistas argentinos en los medios venezolanos.

Juan Fresán, diseñador de cubierta de las colecciones
Biblioteca Ayacucho y Libros de Hoy de
El Diario de Caracas.

En febrero de 1980, la corporación de medios Broadcasting Caracas –conocida como 1BC o Grupo Phelps– compró, primero, parte de las acciones del diario y, luego, la totalidad. El cambio de manos determinó la salida de Arria y de algunos periodistas. Entre ellos, abandona su puesto de jefe de redacción Tomás Eloy Martínez, figura indudablemente asociada con uno de los rasgos distintivos de El Diario de Caracas: la plasmación de las técnicas de redacción rectoras de la renovación periodística en El Libro de estilo, usos y modos del Diario de Caracas, obra de Martínez. Este manual para colaboradores constituye un claro indicador de profesionalización –el por entonces pionero Manual de Estilo del diario El País pudo ser su antecedente modélico–; se convirtió, según Sergio Dahbar, en un mito del periodismo venezolano junto con el lema de Martínez: “en cada línea debe haber un dato y en cada párrafo una idea”.34 La introducción al Libro de Estilo, basada en una suerte de teoría determinista del lenguaje, tenía la fuerza de una declaración de guerra contra quienes no asumieran el “oficio de la palabra” con la ética escrituraria del estilista:

La forma no es algo distinto ni separable del fondo: el lenguaje expresa pero, a la vez, crea la idea. […] Quien asuma la palabra como oficio debe tener una verdadera obsesión por la forma. La angustiosa búsqueda de la perfección idiomática –de la cual padece y se beneficia el escritor– debe estar presente en la tarea del periodista. A la vez, éste debe tener otras obsesiones, de las que el escritor puede considerarse exento: el método, la síntesis, el manejo consecuente de un código uniformador de usos y modos. Un diario es, en definitiva, un sistema: requiere orden, exactitud y congruencias. No tolera las licencias, las imprecisiones ni la improvisación.35

El contraste entre la escritura periodística y la “puramente” literaria se tornará convivencia fluida en una de las instancias menos recordadas en los testimonios disponibles sobre El Diario de Caracas: su colección de libros.

Libros de Hoy comenzó a editarse junto con el periódico, en mayo de 1979, y duró hasta octubre o noviembre de 1980, meses después de que la corporación 1BC comprara el diario. Sus directores fueron Daniel Divinsky y Ana María Miler, cuyos nombres figuran en la página de legales de los ejemplares, aunque la mención no sea sistemática. El diseño general de la colección, como se ha dicho, fue de Juan Fresán; Miguel Guagnini hacía la diagramación y las portadas de los libros. El ritmo de publicación era semanal: salía los domingos y se distribuía gratuitamente con el diario. De formato pequeño –13 x 20–, los endebles volúmenes de letra apretada y tapa blanda tenían un mínimo de 64 páginas, a menudo llevaban breves prólogos y notas de autores o compiladores, destinados a introducir las obras, explicar su origen y la causa de su inclusión en la colección. El dorso del libro tenía el mismo diseño de portada, pero consignaba nueva información paratextual: la numeración a todo color y una reseña cuya autoría puede atribuirse, según los casos, al prologuista o a los directores de colección. Los libros, en papel de periódico, tenían ilustraciones, fotografías, reproducciones de obras pictóricas y documentos. Algunos ejemplares llevan impreso un catálogo de títulos publicados y por venir. Se observan asimismo propagandas internas: se publicitaba la leche Indulac –“la leche de la familia venezolana”– y algunas entidades financieras, como el Banco Provincial o el Banco Nacional de Descuento.

Si bien su director recuerda que llegaron a publicarse 114 números, la cantidad de títulos registrados en la Biblioteca Nacional de Venezuela, donde fueron depositados en virtud de la ley de Depósito Legal, es de 74. Una posible explicación para este desfase entre memoria y archivo reside en el cambio impuesto en la presentación material a partir de la venta del periódico al multimedios Phelps en 1980: con el objeto de recortar los importantes gastos que generaba la publicación de un libro semanal, poco antes de discontinuar definitivamente la colección a finales de 1980, se reemplazó el formato libro –con delgado lomo y tapa blanda– por un formato revista –hojas abrochadas y tapa de cartulina–. En el recuerdo de Divinsky, un aspecto clave de la colección era su gratuidad:36

La iniciativa de obsequiar con el diario de los domingos un libro “de verdad, verdad”, en vez de una revista o suplemento, había sido de Terragno y Tomás Eloy Martínez […]. La colección nos dio una enorme satisfacción como editores: hacer libros que no había que vender, que eran recibidos con satisfacción (eso lo supimos luego) y que podían cubrir la amplia gama de intereses de los lectores de un periódico.37

Libros de Hoy se proponía, en efecto, como alternativa al habitual suplemento dominical de los periódicos caraqueños. Ese carácter sustitutivo aparece, en el discurso de Divinsky, como valor añadido: antes que un mero suplemento, un libro “de verdad, verdad”. Así, la gratuidad se torna lujo del editor, privilegio de publicar sin fines económicos. Por cierto, más allá del brillo de superficie, el testimonio del editor también nos habla de cierta hondura de la experiencia editorial cifrada en la “inmersión” cultural propiciada por la instancia migratoria: “Implicó una inmersión total en la cultura de Venezuela, no sólo la literaria, y fue una experiencia por entonces totalmente innovadora”.38 Esta representación del exilio como aprendizaje y vivencia de la interculturalidad, pero también como oportunidad para capitalizar redes profesionales y dar trabajo a otros exiliados, puede leerse en el producto de la práctica editorial de los directores de colección: el catálogo de Libros de Hoy.

 

2.2. Los libros del presente: una lectura del catálogo

A primera vista, es fuerte la tentación de definir Libros de Hoy como una “anticolección”. Una lectura rápida de sus títulos puede inducir a no ver en ella sino eclecticismo temático y genérico. Sin embargo, un análisis detenido del contexto material y de la función que se le atribuía permite percibir elementos ordenadores y asignar sentidos a la selección de títulos mediante una “lectura de colección” regida por los criterios analíticos propuestos por Montreuil.

Libros de Hoy tiene al menos dos “principios unificadores”: su función vicaria del suplemento de cultura y, cifrado en su título, el arraigo en el presente. Ambos rasgos constituyen los principales factores que dan coherencia al catálogo. Si bien su carácter coyuntural no siempre se traduce en marcas explícitas en el plano material, textual o paratextual, las huellas de aquel presente pueden reconstruirse recurriendo a epitextos, contextualizando cada título o bien cruzando las fechas aproximadas de publicación con la cronología de los acontecimientos políticos presentes y pasados, aniversarios, feriados nacionales, conmemoraciones y festividades varias, entre 1979 y 1980: aquello que a la distancia –temporal y geográfica– requiere comprensión probablemente fuera del orden de lo evidente para el lector venezolano que domingo a domingo recibía estos libros con su periódico.

La función de suplemento cultural también puede considerarse un factor de coherencia de la aparente heterogeneidad genérica y temática si se tiene en cuenta la tipificación del periodismo cultural establecida por Jorge B. Rivera, según la cual el elenco de temas e incumbencias en una publicación cultural varía en función de “la amplitud o restricción del concepto de cultura” y del universo de usuarios al que se destina la oferta de materiales culturales.39 La oferta de “cultura media”, sostiene Rivera, suele traducirse en “frondosidad potencial de sus repertorios temáticos” y ser responsable de “colecciones fasciculares y otros artefactos destinados a recoger, sintetizar y difundir los patrimonios” culturales.40 Si bien la función de un suplemento cultural dominical y la de una colección de libros que acompaña un diario no es la misma, la propuesta de los directivos de El Diario de Caracas de sustituir el suplemento cultural de los domingos –no así la sección de cultura durante la semana– por una colección de libros permite sostener para este caso concreto la hipótesis de una transferencia parcial de la función del suplemento dominical a la colección Libros de Hoy, hipótesis que cuando menos permite explicar la heterogeneidad genérica y temática del catálogo como transferencia de algunos de los rasgos de los suplementos culturales que operan con la concepción “amplia” de cultura descrita por Rivera.41

Cubierta del n° 8 de la colección Libros de HOY.

Los títulos de Libros de Hoy pueden ordenarse en categorías que solapan géneros literarios y géneros editoriales: predominan la literatura popular o “géneros marginales”, las formas breves y el formato antológico –humor gráfico, literatura fantástica, ciencia ficción, literatura infantil, microrrelatos, narrativa sobre deporte, cartas de amor, escritura femenina–; en la categoría “ensayo”, se registran textos de actualidad política, historia política e historia cultural –historias de la aviación, la fotografía, el béisbol, el bolero–; entretenimientos –un libro de juegos de mente de los uruguayos Lea y Jaime Poniachnik–; psicología y psicoanálisis –sexualidad infantil y un libro sobre Lacan– y traducciones –best-sellers policiales de Pomaire y biografías de ídolos de la cultura popular, como Janis Joplin–. Como correlato de la inscripción de la colección en El Diario de Caracas, debe subrayarse la presencia de géneros periodísticos entre los más elegidos: reportajes, entrevistas, crónicas, traducciones de artículos de opinión e investigaciones periodísticas. Veremos que la fuerte presencia de periodistas como autores, compiladores y aun traductores de los libros refuerza el anclaje de la colección en el proyecto periodístico que la propicia.

Cubierta del n° 19 de la colección Libros de HOY.

Una serie de ejes temáticos atraviesan estos géneros literarios, periodísticos y editoriales, que a grandes rasgos denomino “temas venezolanos”, con subtema “caraqueño”, “temas latinoamericanos” y “temas internacionales”. La cultura venezolana y la vida caraqueña tuvieron un lugar preponderante en el catálogo. El primer número fue nada menos que una crónica general de la capital venezolana: El Libro de Caracas de Guillermo Meneses. Encargado a Meneses en 1965 con motivo del cuatricentenario de la fundación de la ciudad, su primera edición en 1967 estuvo a cargo del Concejo Municipal del Distrito Federal. En 1979, tras una década fuera de circulación, El Diario de Caracas volvía a publicarlo como “homenaje al pueblo en el que Meneses no cesó de pensar mientras escribía”.

La idea de inaugurar Libros de Hoy con la crónica de Meneses había sido de Tomás Eloy Martínez. Una demora en la tramitación de los derechos de autor, propiedad de la Universidad de Venezuela tras la muerte de Meneses en 1978, puso en jaque esa brillante inauguración; y Divinsky, Miler y Fresán habrían tenido que planear de urgencia un libro armado, literalmente, a fuerza de recortes del catálogo de Ediciones de La Flor: la antología Humor gráfico latinoamericano –con obra de Blankito, Fontanarrosa y Zapata–, que finalmente salió como segundo número pues la sesión de los derechos de Meneses llegó antes del lanzamiento de la colección. Estos datos, aparentes menudencias testimoniales, iluminan sin embargo una constante estructural del catálogo: por un lado, la práctica del “corte y pegue”, que traduce a la vez cierta urgencia propia de las publicaciones periódicas y una modalidad habitual en la actividad editorial, tendrá distintas encarnaciones formales: desde la traducción de artículos de la prensa extranjera hasta la reutilización de materiales procedentes del catálogo de Ediciones de la Flor pasando por el recurso sistemático a la antología como modo de “crear” libros; por otro, la alternancia de textos sobre autores o temas venezolanos, a menudo expresados en forma monográfica, y de títulos “latinoamericanos”, cuya intrínseca variedad se acomodaba bien al formato antológico. Entre estos últimos figuran autores publicados por Ediciones de La Flor, como Lezama Lima o Vinicius.

La práctica del “corte y pegue” del propio catálogo así como el masivo recurso a la antología remite a prácticas usuales en las pequeñas y medianas editoriales argentinas del sesenta y setenta. Pueden evocarse la célebre colección Crónicas dirigida por Julia Constela entre 1965 y 1969 para Jorge Álvarez, pionero del libro misceláneo, junto a quien trabajó tempranamente Divinsky; El libro de los autores, una recordada selección de relatos de la literatura universal a cargo de escritores argentinos ideada por Pirí Lugones para Ediciones de La Flor en 1967; o aun la Biblioteca Total del CEAL, cuya subcolección “Panorama de la Literatura” proponía selecciones prologadas de cuentos agrupados en torno a un eje –movimientos literarios, literaturas nacionales o “géneros menores”–.42 Todas estas prácticas, que formaban parte del saber hacer editorial de los Divinsky, se verifican en Libros de Hoy.

Ahora bien, la presencia inicial de Guillermo Meneses está indudablemente adherida a la actividad de Tomás Eloy Martínez en la prensa venezolana, en particular a la crónica de la entrevista de Martínez y Luis Alberto Crespo con Meneses en 1976: “Encuentros en una casa equivocada”. Incluida en Lugar común la muerte, es ella misma crónica de las transformaciones de Caracas desde 1967, y como tal establece un diálogo con el primer número de Libros de Hoy:

Desde hacía más de diez años (en rigor, desde enero de 1965), Meneses era el Cronista de la Ciudad de Caracas, y aunque ya no veía a la ciudad sino a través de aquel recodo turbulento, en San Bernardino, no desconocía una sola de sus transformaciones ni era indiferente a ninguna de sus pérdidas.43

El libro de Meneses inaugura, así, una línea temática de fuerte actualidad, presente en todo el catálogo: las transformaciones urbanas, el proceso de modernización sociocultural, las prácticas y los consumos culturales de los caraqueños en la década del setenta, todo ello expresado en textos de variados géneros y tonos –con predominio del tono humorístico, reconocible sello de los directores de colección–.

En el plano literario, Libros de Hoy publicó obras de autores venezolanos contemporáneos. Después del clásico de Meneses, vendrían Crónicas espirituales de Caracas de Julián Padrón, libros de Salvador Garmendia, con una selección de cuentos hecha por el autor, Adriano González León, Juan Liscano y figuras del humor gráfico como Leoncio Martínez. Entre las antologías centradas en temas venezolanos, figuran varias selecciones realizadas y prologadas por el escritor de origen cubano Julio E. Miranda: Morir en Venezuela, Amar en Venezuela y Ciencia-Ficción Venezolana y Cuentos fantásticos venezolanos, estos últimos significativos de la apertura crítica a las “literaturas marginales”.

Entre los textos históricos, pueden distinguirse dos grandes líneas. La primera, que podríamos llamar de “historia cultural”, incluye títulos como Piratas en Venezuela de Marcos Courier, El béisbol en Venezuela de Eleazar Díaz Rangel o Crónica de toros y toreros, antología que daba cuenta de la afición taurina venezolana. Ilustrativo de la inclusión de temas históricos a través de la revisión de mitos populares fue el título Gardel en Venezuela de Germán Rodríguez, publicado en junio de 1979 con motivo del aniversario de la muerte de Gardel –el 24 de junio de 1935–. Por su parte, el ensayo Breve historia del bolero del poeta argentino Jorge Ariel Madrazo es indicativo de un sesgo que marcó toda la colección: el tratamiento de temas venezolanos por autores argentinos, uruguayos o chilenos, algunos de ellos exiliados en Caracas.

La segunda línea de textos “históricos” que interpelan al presente tematiza el problema de la democracia representativa en Venezuela: en octubre de 1979, se publica un trabajo del historiador Manuel Caballero, El 18 de octubre de 1945, fecha del golpe de estado contra Isaías Medina Angarita encabezado por una alianza de sectores militares y altos dirigentes del partido Acción Democrática; y, en enero de 1980, Libros de Hoy conmemora la caída de Pérez Jiménez publicando El 23 de enero de 1958 de Cristina Guzmán, periodista, editora y librera venezolana. En este eje político, se inscribe una publicación documental: Documentos para la historia del diferendo colombo-venezolano; y la biografía del “padre venezolano” de la OPEP fallecido en 1979: El enigma del Pérez Alfonzo del locutor y periodista Ivan Loscher.

Tres libros dedicados a la figura de Simón Bolívar articulan cierta diversidad genérica: Bolívar, su gesta y los Estados Unidos, 1810-1830 de Carlos García Arrieche; Simón Bolívar, el joven de Bernardo Jurado Toro; y, con motivo del natalicio del Libertador, en julio de 1979, una antología de Alberto Davis: Un personaje llamado Bolívar, que reúne relatos de escritores latinoamericanos consagrados, como Antonio Arráiz, Jorge Luis Borges, Álvaro Mutis, Ricardo de Palma, Denzil Romero y Manuel Trujillo. Figura regional por definición, el “tópico Bolívar” puede inscribirse en la serie general de temas latinoamericanos.

En noviembre de 1979, Libros de Hoy publica una cronología que inscribe la historia venezolana en el panorama internacional: 80 años de Venezuela y el Mundo, de Augusto Cuatro. Entre los acontecimientos nacionales destacados para el año 1979, el cronólogo destaca la creación de El Diario de Caracas, que “incorpora en nuestro medio un tipo de periodismo donde el lector es considerado un ser pensante al que se le debe ofrecer material de primerísima calidad y no impresos publicitarios”.44 Puesta en abismo, halago al lector y recordatorio de un periodismo que se pretende independiente de facciones políticas y demandas del mercado,45 esta doble inscripción de Venezuela en “el mundo” y del propio Diario de Caracas entre los principales acontecimiento nacionales de aquellos años invita a analizar el modo como el catálogo de Libros de Hoy configura representaciones complejas de la identidad nacional y de la dialéctica entre lo local y lo foráneo.

El número 57 de la colección, correspondiente a junio de 1980, introduce en el catálogo una figura de peso en el mundo cultural venezolano: Juan Liscano, presidente de la comisión preparatoria del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) en el primer gobierno de Peréz y editor de Monte Ávila entre 1979 y 1984. Liscano, que en 1977 había participado como orador en el coloquio Diálogo de las Culturas organizado por Víctor Massuh en Villa Ocampo, tematiza una vez más el problema de la interculturalidad –en un contexto enunciativo radicalmente distinto: una colección del exilio– con un ensayo de interpretación nacional titulado ¿Identidad nacional o universalidad?. El interrogante de Liscano puede servir de guía para nuestra lectura del catálogo, pues no pocos libros sobre temas venezolanos o caraqueños producen una representación de lo nativo que llamaremos la “perspectiva exterior”: la inclusión de crónicas de viajeros, relatos de exiliados y traducciones de materiales foráneos alusivos a la realidad local integran una vasta zona del catálogo dedicada a la cultura nacional presente y pasada.46 Dos ejemplos claros son Caracas, la mirada lejana, antología de viajeros compilada y prologada por Ralph Van Roy, y Desnudo en Caracas del periodista cubano Fausto Masó.47 La representación de lo nativo mediante materiales foráneos se observa asimismo en los libros que tematizan las “transformaciones” de Caracas ligadas al proceso de modernización urbana propiciada por los petrodólares. En ese sentido, El metro, una aventura subterránea de Mary Zajer, periodista chilena exiliada en Caracas, ilustra claramente tres rasgos dominantes en la colección: el arraigado tópico en la coyuntura local, la “perspectiva exterior” y el peso del exilio en la dimensión autoral. Por su temática, remite a un debate ligado a las transformaciones de la ciudad de Caracas por aquellos años, expresado en contratapa:

Dentro de un tiempo relativamente breve, los caraqueños tendremos la posibilidad de viajar en Metro sin antes viajar en avión. Desde luego, el Metro de Caracas no será el primero del mundo, ni tampoco el último, ni la discusión sobre sus ventajas e inconvenientes concluirá tan rápido como sus detenciones en cada estación.

Cubierta del n° 7 de la colección Libros de HOY.

El nombre de la autora ratifica, por lo demás, la presencia de periodistas exiliados entre los redactores, prologuistas y traductores. Si este libro alusivo a la proyección de la primera línea de subterráneos se inscribía en la tópica discursiva del momento, el “nosotros inclusivo” del paratexto remite a la composición demográfica de una Caracas receptora de extranjeros –a la sazón, los diversos enunciadores: la autora, los directores de colección, el diagramador, los editores del periódico–, que podían sin perjuicio asumirse discursivamente como “caraqueños”.

Otros tantos títulos remiten, a través de traducciones o autorías no nativas, a la vida cotidiana en una ciudad en permanente proceso de modernización: Instrucciones para el uso de las discotecas de Kitty Hanson, profusamente ilustrado con fotografías de época, y El libro de los no-corredores de Vic Ziegel y Lewis Grossberger permiten reconstruir prácticas sociales desarrolladas en el espacio público, como la cultura nocturna de la discoteca o la práctica deportiva del “jogging”, introducidas mediante traducciones y adaptaciones de prensa anglosajona, y arraigadas por marcado editorial a través de prólogos de periodistas locales o exiliados. Epítome de estas prácticas editoriales es un título de 1980, inequívocamente dirigido a clases medias practicantes del turismo internacional: ¿Qué hacer en ocho ciudades del mundo? firmado, sin vueltas, por el “equipo periodístico del New York Times”.

Detalle de la página legal del n° 9 de la colección Libros de HOY.

Lo más relevante de estos títulos deriva de su carácter indirecto: no son crónicas nativas, como el clásico de Meneses, ni exiliares, como el libro de Masó, sino representaciones de la vida cotidiana, del “hoy” de la clase media en la urbe caraqueña, configuradas a partir de descripciones de fenómenos culturales “globales” procesados por la prensa anglosajona. Por cierto, el fenómeno no era nuevo y es posible conjeturar su aceptabilidad, como revela la detallada crónica de Pepe Eliaschev sobre la histórica dependencia cultural de los medios de comunicación masiva venezolanos, fundada en parte en datos provistos por Liscano y la CONAC.48

Ahora bien, aunque las traducciones no tienen peso cuantitativo en el catálogo, la presencia de la traducción –como práctica, como género y como mediación enunciativa– es relevante a la hora de reconstruir la plana de colaboradores y las redes de exiliados que participaron en la colección. Caso testigo es la traducción al castellano de una obra escrita en inglés por Eduardo Crawley. Periodista económico en la prensa argentina, en Londres Crawley integró el equipo del Latin American Newsletters, empresa propiedad de Terragno y de su esposa María Mercedes Crawley de Leake. El trabajo de Crawley publicado en Libros de Hoy se inscribe en el eje de temas latinoamericanos por entonces candentes: con motivo de la caída de Somoza en Nicaragua, el 17 de julio de 1979, se publica en dos tomos Los dictadores nunca mueren: retrato de Nicaragua y los Somoza, con traducción de Dolores Valle. Producto de una extensa entrevista de Crawley con Somoza y de estancias de investigación en Nicaragua entre 1975 y 1978, la versión original había sido publicada apenas un año antes por la editorial Hurst & Co., con el título Dictator’s Never Die. A portrait of Nicaragua and the Somoza.

Cubiertas de los n° 11 y 12. Traducción de Dolores Valle.

Otro periodista radicado en Londres, directamente vinculado con Terragno y Crawley, tuvo trabajo en Libros de Hoy: Andrew Graham Yooll, amigo personal de Divinsky y autor de Ediciones de La Flor. Graham Yooll, conocido por sus crónicas de las conferencias de prensa organizadas por la guerrilla, trabajaba para el Buenos Aires Herald antes de salir al exilio.49 En Londres trabajó en el Daily Telegraph y luego en The Guardian, donde se desempeñaba cuando seleccionó y tradujo los textos que integran La censura en el mundo, con prólogo de su autoría e imágenes de la revista Index on Censorship creada en 1972. También seleccionó y tradujo del inglés los materiales de La independencia de Venezuela vista por “The Times”, integrada por recortes de prensa que cubren desde la emancipación venezolana hasta la muerte de Bolívar. El libro fue publicado en fecha cercana al 5 de Julio, fiesta patria conmemorativa de la firma del Acta de la Independencia de Venezuela.

Además de la presencia en el catálogo de diversos autores, antólogos y/o traductores argentinos, como Rodolfo Privitera, Dolores Valle, Jorge Ariel Madrazo, Andrew Graham Yooll, Eduardo Crawley o aun Alberto Cousté, desde Barcelona, las huellas del exilio se tornan particularmente evidentes en dos libros compuestos por materiales anclados en la cultura literaria e intelectual de la clase media argentina, cuya producción es indisociable del catálogo de Ediciones de La Flor: El humor de Fontanarrosa, publicado por Libros de Hoy en noviembre de 1979, y el libro ¿Quién es Lacan?, motivado por la visita de Lacan a Caracas en julio de 1980, organizada por la psicoanalista argentina Diana Rabinovich, en cuyo éxito habría sido clave el director de El Ateneo de Caracas, Miguel Enrique Otero, también dueño del periódico El Nacional.50

Detalle de portada interna del n° 42 de la colección Libros de HOY.

Compuesto por dos breves textos, “¿Quién es Lacan?” de la psicoanalista argentina Graciela Brodsky y “Para una lectura de Lacan” de Laura Corbalán, psicoanalista radicada en Venezuela, el libro ¿Quién es Lacan? habría generado cierta tensión con los nuevos directivos del periódico, según relata Divinsky:

Cuando va a venir Lacan a Caracas armamos con el auxilio de Diana y de algún otro amigo un librito que se llamaba ¿Quién es Lacan?, para que supieran, con fragmentos de distintos libros, tratando de ser lo más elementales posibles. Y entonces sale el domingo el libro, se distribuye y a los dos días me llama el director del diario: “Oye, Daniel, mira: está bien la colección, nos gusta mucho pero no sigan publicando a esos amigos de ustedes que ninguno de mis amigos conoce”.51

Más allá de la referencia a la tradición argentina de importación y lectura del psicoanálisis y del intento de popularización venezolana a través de Libros de Hoy, que merece un estudio aparte, la elección del título –¿Quién es Lacan?– ponía al eminente francés en graciosa serie con los representantes del humor gráfico argentino y latinoamericano en virtud de un vínculo hipertextual con los principales títulos de Ediciones de La Flor por aquellos años: ¿Quién es Zapata?, ¿Quién es Crist?, ¿Quién es Limura?, ¿Quién Dzsib?, ¿Quién es Viuti? y ¿Quién es Fontanarrosa?, libro que signó el ingreso de Fontanarrosa al catálogo de la editorial argentina en 1973 y que contaba ya con tres ediciones cuando fue incluido en el plan de reediciones para el segundo semestre de 1980. Y, por cierto, quién era Fontanarrosa lo sabían los lectores de El Diario de Caracas al menos desde el número 2 de la colección Libros de Hoy, dedicado al humor gráfico latinoamericano. Con la edición de El Humor de Fontanarrosa tuvieron ocasión de profundizar ese conocimiento pese al “problema de exportación”,52 salvado mediante una selección de chistes unitarios y de narraciones cuyo contenido “universal” permitía eludir el clásico problema de traducción del humor con fuerte anclaje contextual.

Fontanarrosa, amigo de sus editores argentinos, fue uno de los interlocutores epistolares de Divinsky. Entre esas cartas sobre temas pecuniarios, liquidaciones, cesiones de derechos y raccontos de los trabajos, los viajes y los días de exilio, una de ellas anuncia al “Querido, añorado Negro” el fin de la aventura de los Libros de Hoy:

A mi regreso me encontré con dos novedades: una, El Diario de Caracas suspendió, tal vez sin reanudación, la colección de libritos donde se incluyó el tuyo (que finalmente espero mis viejos te hayan llevado), que ya estaban bastante desmerecidos en un formato tipo folleto y abrochado.53

La segunda novedad era que Divinsky pasaría a ser responsable de la sección de cultura del diario, que por entonces vivía una acefalía propicia para una libertad de juego casi total. Por eso, la propuesta le resultaba “fascinante” y menguaba un poco sus “nostalgiosos ímpetus” de regreso al país. Corría el mes de noviembre de 1980 y, con estas novedades, Divinsky se reintegraba al trabajo en Caracas, tras un periplo europeo que, entre otros asuntos, tenía por causa la asistencia a la Feria de Fráncfort como representante de la Biblioteca Ayacucho en el stand de su país de exilio.

 


Conclusiones

Este trabajo constituye una primera aproximación al “exilio editorial” argentino en Venezuela. A través de una lectura crítica de la colección Libros de Hoy procuré mostrar la presencia de exiliados latinoamericanos y algunas redes de argentinos, esbozar tópicas discursivas predominantes y destacar el modo como la práctica editorial generó vínculos con la cultura receptora, aprendizajes y aportes. Me detuve en una serie de prácticas editoriales que, a mi juicio, configuran una “perspectiva exterior” ligada a la identidad exiliar de los agentes, sin duda favorecida por los hábitos de consumo de bienes culturales foráneos: traducir crónicas de la prensa norteamericana o inglesa para ilustrar fenómenos culturales caraqueños, conmemorar fechas patrias venezolanas o explicar acontecimientos de la coyuntura latinoamericana a través de volúmenes escritos, compilados o traducidos por exiliados argentinos dispersos por el mundo. Todas estas prácticas contribuyeron a configurar a finales de los años setenta complejas representaciones de la identidad caraqueña, venezolana y latinoamericana a través de los Libros de Hoy, una colección del exilio argentino.

 


Anexo

Colección Libros de Hoy

Título

Autor

Otro

1

Libro de Caracas

Guillermo Meneses

1979

2

Humor gráfico latinoamericano

Blankito, Fontanarrosa, Zapata

Comp. Diario de Caracas

1979

3

Cómo jugar y divertirse con su inteligencia

Jaime y Lea Poniachik

1979

4

Mis otros fantoches

Leoncio Martínez

1979

5

Piratas en Venezuela

Marcos Courier

1979

6

El deporte y los cuentos

Benedetti, Manuel Bermúdez, Andrés Eloy Blanco, Vinicius de Moraes, Francisco Massiani, Sergio Ramírez, Antonio Skármeta

Comp. y Pról.: Mariano Aguirre

1979

7

El metro: una aventura subterránea

Mary Zajer

1979

8

Gardel en Venezuela

Germán Rodríguez

1979

9

Instrucciones para el uso de las discotecas

Kitty Hanson y otros

1979

10

Visión de la vida: educación sexual en los niños

Josefina Urdaneta y

Antonieta Sáez de Salcedo

1979

11

Los dictadores nunca mueren: retrato de Nicaragua y los Somoza. Parte I

Eduardo Crawley

Trad. Dolores Valle

1979

12

Los dictadores nunca mueren: retrato de Nicaragua y los Somoza. Parte II

Eduardo Crawley

1979

13

Un personaje llamado Bolívar

Antonio Arráiz, Jorge Luis Borges, Álvaro Mutis, Ricardo de Palma, Denzil Romero y Manuel Trujillo

Comp. Alberto Davis

1979

14

Asfalto-infierno y otros relatos demoníacos

Adriano González León

1979

15

Escrito en la prisión

AA.VV.

Comp., pról. y notas: Mary Zajer

1979

16

Desnudo en Caracas

Fausto Masó

1979

17

Los años locos de la aviación

José Luis Entrala

1979

18

Brando con el desayuno

Anna Kashfi Brando, E.P. Stein

1979

19

Ciencia-ficción venezolana : antología

Julio Garmendia, David Alizo, Francisco de Venanzi, José Balza, Luis Britto García, Huberto Mata, Pascual Estrada, José Gregorio Bello Porras, Armando José Sequera.

Comp. y pról: Julio E. Miranda

1979

20

El Libro de los no-corredores

Vic Ziegel y Lewis Grossberger

1979

21

Torito: un espontáneo de la fotografía

Josune Dorronsoro

1979

22

5 voces populares

entrevistas con Napoleón Bravo

1979

23

El brujo Hípico y otros relatos

Salvador Garmendia

1979

24

El 18 de octubre de 1945

Manuel Caballero

1979

25

El béisbol en Venezuela

Eleazar Díaz Rangel

1979

26

Conversaciones con Lourdes, una bruja venezolana

José Cayuela

1979

27

Historia universal de la astucia

León Azpúrua

1979

28

80 años de Venezuela y el Mundo

Augusto Cuatro

1979

29

Cartas de amor: antología

Comp. Mariano Aguirre

1979

30

El humor de Fontanarrosa

Roberto Fontanarrosa

1979

31

La estrategia del dominó. Parte I

Adam Kennedy

1979

32

La estrategia del dominó. Parte II

Adam Kennedy

1979

33

Cuentos de Navidad. Antología

Mario de Andrade, Ciro Alegría, Dylan Thomas, Oswaldo Trejo, José Rafael Pocaterra y Truman Capote

1979

34

El humor de Woody Allen: antología

1979

35

Para leer en la cola: antología de microrrelatos

Oscar Acosta, Martín Adán, Fernando Ampuero, Tomás Arauz, Gabriel Jiménez Emán, Juan José Arreola, José Pedro Díaz, Eliseo Diego, Luiz Fernando Emediato, Luis Fayad, Samuel Feijoo, César Fernández Moreno, Eduardo López Rivas, Carlos Maggi, Jorge Marín, Humberto Mata, Augusto Monterroso, Jairo Aníbal Niño, Virgilio Piñera, Guillermo Prieto, Ednodio Quintero, Alfonso Reyes, Armando Romero, Jaime Sabines, Edmundo Valadés, Luisa Valenzuela, Carlos Villalba, Javier Villafañe y Javier Villaurrutia

Comp. Rodolfo Privitera

1979

36

Cuentos fantásticos venezolanos: antología

AA.VV.

1980

37

La desaforada vida sexual de Tarzán

Rubén Monasterios

1980

38

El 23 de enero de 1958

Cristina Guzmán

1980

39

Jomeini, el ángel de la venganza

Georgie Anne Geyer

1980

40

La Sorna: antología

AA.VV.

Comp. Alejandro Romero

1980

41

Crónicas espirituales de Caracas

Julián Padrón

1980

42

La censura en el mundo: antología

Comp., pról. Trad. Andrew Graham Yool

1980

43

Antología básica: Guillermo Cabrera Infante

Guillermo Cabrera Infante

Selección y prólogo: Julio E. Miranda

1980

44

Las ceremonias del poder

Armando José Sequera

1980

45

Cuento penitenciario: antología

Gilberto Rodríguez B . et al

1980

46

Enterrada viva: la verdadera historia de Janis Joplin

Myra Friedman

1980

47

Amar en Venezuela: antología

Comp. y pról. Julio E. Miranda

1980

48

A jugar con versos y cuentos

Comp. Esther Jacob

1980

49

Bolívar, su gesta y los Estados Unidos, 1810-1830

Carlos García Arrieche

1980

50

Rosa de la noche

Mariela Romero

1980

51

Historias de Francisco y otras maravillas

Guillermo Morón

Ilustraciones: Régulo Pérez

1980

52

Tigres al acecho. Parte I

Ted Willis

Trad. Man Eater

1980

53

Tigres al acecho. Parte II

Ted Willis

Trad. Man Eater

1980

54

Morir en Venezuela: antología

AA.VV.

Comp. y pról. Julio E. Miranda

1980

55

Las mujeres cuentan: antología

AA.VV.

Comp. y pról. Cristina Guzmán

1980

56

Identidad nacional o universalidad

Juan Liscano

1980

57

Crónicas de toros y toreros : antología

Comp. y pról. Vicente Chozas

1980

58

Breve historia del bolero

Jorge Ariel Madrazo

1980

59

La independencia de Venezuela vista por “The Times”

Comp., pról. Trad. Andrew Graham-Yooll

1980

60

¿Quién es Lacan?

Comp., prol. y trad.: Graciela Brodsky y Laura Corbalán

1980

61

Los otros hombres: un viaje al fondo de la historia

Alberto Cousté

1980

62

Simón Bolívar el joven

Bernardo Jurado Toro

1980

63

El cuento ecuatoriano: antología

AA.VV.

Comp. y prol. Rubén Astudillo

1980

64

Caracas, la mirada lejana

AA.VV

Comp. y prol. Ralph Van Roy

1980

65

Un hotel es un lugar

Shelley Berman

1980

66

Qué hacer en ocho ciudades del mundo

Equipo periodístico del New York Times

1980

67

Memorias de un amante sarnoso: selección

Groucho Marx

1980

68

Conversaciones con Rafael Cadenas; seguido de Una isla: fragmentos de un libro inédito

María Ramírez de Neumann.

1980

69

El enigma Pérez Alfonzo

Ivan Loscher

1980

70

Documentos para la historia del diferendo colombo-venezolano

1980

71

Teresa de la Parra, biografía para jóvenes

Velia Bosch

1980

72

La enigmática historia de Don Cristóbal Colón

José Luis Entrala

1980

73

El Salvador, sin piso y sin techo

Marcel Salamin

1980

74

Sherlock Holmes en el Roraima

1980

 

 


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Resumen

El propósito general de este trabajo es contribuir al conocimiento sobre la historia del exilio político y sus vínculos con la edición en América Latina a finales del siglo XX. Su propósito específico es la reconstrucción de la actividad editorial de argentinos exiliados en Venezuela a partir de un caso testigo: la colección Libros de Hoy publicada por El Diario de Caracas y dirigida por Ana María Miler y Daniel Divinsky, directivos de Ediciones de La Flor.

Palabras clave: Edición en Argentina y Venezuela – Exilio de editores – Colecciones – Prensa latinoamericana.

Abstract

The general purpose of this paper is to contribute to the knowledge of the history of political exile and its links to publishing in Latin America at the end of the 20th century. Its specific purpose is to reconstruct the publishing activity of Argentine exiles in Venezuela from a case in point: the collection Libros de Hoy published by El Diario de Caracas and directed by Ana María Miler and Daniel Divinsky, directors of Ediciones de La Flor.

Keywords: Edition in Argentina and Venezuela - Publishers’ exile - collections - press

Recibido: 27-3-2020
Aceptado: 15-5-2020


* Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Universidad de Buenos Aires y Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. https://orcid.org/0000-0003-2721-0799.

1 Agradezco a Daniel Divinsky y Miguel Guagnini por sus testimonios; a Alejandra Giuliani, Judith Gociol, Ezequiel Martínez y Silvana Piga por ayudarme con fuentes y bibliografía; a Patricia Willson y Sylvia Saítta por los comentarios sobre este artículo.

2 Véase Judith Gociol, “Prohibición contra editoriales”, en Hernán Invernizzi y Judith Gociol, Un golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar, Buenos Aires, Eudeba, 2007, pp. 211-220; Daniel Divinsky, “Breve historia de Ediciones de La Flor. Editar en la Argentina ¿un oficio insalubre?”, en La Biblioteca, nº 4-5, verano 2006, pp. 428-251; y el compendio testimonial Libros, personas, vidas: Daniel Divinsky/Kuki Miler y Ediciones de La Flor (1967-1997), homenaje de la Feria de Guadalajara con motivo del aniversario n° 30 de la editorial.

3 Véase Carlos Ulanovsky, “Cronología”, en AA.VV., Libros, personas, vidas: Daniel Divinsky/Kuki Miller y Ediciones de La Flor (1967-1997), Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1997, pp. 11-16.

4 Si la cronología de Ulanovsky simboliza el “paréntesis”, la nota al pie se literaliza en el reciente ensayo de De Diego “La edición de literatura en la Argentina de fines de los sesenta”, en Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición, Buenos Aires, Ampersand, 2019, p. 172, nota 11. Por su parte, la entrevista a Divinsky de un periodista venezolano traduce el imaginario del exilio como pausa mediante la imagen del asterisco: “La efemérides tendría que llevar adjunto un asterisco como referencia a los seis años de exilio”, en “El buen editor”, en Temas para hincarle los dientes, 21 de diciembre de 2007, disponible en: http://hincando-dientes.blogspot.com/2007/12/el-buen-editor.html.

5 En Daniel Divinsky, “Breve historia de Ediciones de La Flor. Editar en la Argentina ¿un oficio insalubre?”, en La Biblioteca, nº 4-5, verano 2006, p. 445.

6 Ibídem.

7 Además de las investigaciones de Alejandra Torres Torres sobre el rol de editores e intelectuales uruguayos en los orígenes de la editorial estatal Monte Ávila y en la migración, desde Argentina, de la editorial Alfa, existen indicios de que el aporte de migrantes a la edición en Venezuela es un tema cuya exploración no se agota en casos conspicuos, como lo prueba la intervención de la exiliada argentina Estela Aganchul en la mesa redonda dedicada al tema en la 14va Feria del Libro de Venezuela en 2018.

8 Véase Amelia Aguado, “1956-1975. La consolidación del mercado interno”, y José Luis De Diego, “1976-1989. Dictadura y democracia: crisis de la industria editorial”, en José Luis de Diego (dir.), Editores y políticas editoriales en Argentina (1880-2010), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2014, pp. 132-175 y pp. 173-218, respectivamente.

9 Sobre esta constelación editorial, véase Emiliano Álvarez, “Tiempo Contemporáneo. Una Editorial de la Nueva Izquierda”, en Políticas de la Memoria, n° 13, verano 2012/2013, pp. 143-155; y José Luis De Diego, “La edición de literatura en la Argentina de fines de los sesenta”, en Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición, Buenos Aires, Ampersand, 2019, pp. 147-184.

10 Desarrollo estos temas en “Traducir, adaptar, argentinizar: importación literaria en 1969”, en LIRICO, nº 5, 2016; y “‘Cuatro grandes colecciones unidas para formar una gran biblioteca’: la Biblioteca Total del Centro Editor de América Latina. Un estudio sobre la importación de literatura y ciencias sociales durante la última dictadura argentina”, en Mutatis Mutandis, Vol. 11, tomo 2, junio de 2018.

11 La presencia de la literatura caribeña en el catálogo de Ediciones de la Flor constituye un anticipo impensado de la posterior inmersión en el caribe continental, un vínculo que en 1976 incluso sorprendía al autor anónimo de la entrevista a Divinsky con motivo de la publicación de La Guaracha del Macho Camacho: “Aunque haya miles de kilómetros entre el Caribe y el Río de la Plata, la noción de la distancia desaparece. La publicación de un libro puertorriqueño en Buenos Aires, el lanzamiento de un escritor en una ciudad tan distante de su propia tierra, hacen pensar que la integración latinoamericana puede empezar en la literatura”. En “Desde el Caribe al Río de la Plata”, en Revista Libro Elegido, n°3, abril-mayo 1976, pp. 12-13.

12 Véase Andrés Avellaneda, Censura, autoritarismo y cultura: Argentina 1960-1983, Buenos Aires, CEAL, 1986.

13 En Daniel Divinsky, “Breve historia de Ediciones de La Flor: Editar en la Argentina ¿un oficio insalubre?”, en La Biblioteca, nº 4-5, verano 2006, p. 439.

14 Sobre este giro de 1976, Weidhaas relata: “El tema central Latinoamérica hizo que la literatura de ese continente se hiciera conocida más allá de sus fronteras y desató un verdadero boom de esta literatura en Europa. Y así se hizo perceptible un fenómeno sorprendente: lo que sucedía en la feria ya no sólo era tema de discusión en Alemania, sino también en muchos centros libreros de todo el mundo”, en Peter Weidhaas, Una historia de la Feria de Fráncfort, traducción de Laura Baricco, México, Fondo de Cultura Económica, 2011, p. 200.

15 Desarrollo este tema en Traductores del exilio. Argentinos en editoriales españolas: traducciones, escrituras por encargo y conflicto lingüístico (1974-1983), Fráncfort-Madrid, Editorial Iberoamericana/ Vervuert, 2018.

16 Para un panorama de las décadas del sesenta, setenta y primeros ochenta en Venezuela, véase Elías Pino Iturrieta (coord.). Historia mínima de Venezuela. La historia de un país lleno de riquezas, México, Turner/COLMEX, 2018, pp. 188-204; sobre el perfil migratorio de los argentinos en Venezuela desde mediados del siglo XX, véase Adela Pellegrino, “Los argentinos en Venezuela”, en Alfredo Lattes y Enrique Oteiza (coords.), Dinámica migratoria argentina (1955-1984). Democratización y retorno de expatriados, Ginebra, Instituto de Investigaciones de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social/Centro Editor de América Latina, tomo I, 1987.

17 En su tesis doctoral, Mario Ayala expone las controversias y ambigüedades en las memorias de los ex exiliados sobre la relación entre el exilio argentino y el gobierno de Carlos Andrés Pérez, y adjudica al núcleo de exiliados vinculado con Diego Arria, entre ellos Terragno y Lotitto, el “relato minoritario que ha llegado hasta nuestros días según el cual el gobierno de Pérez fue sensible y solidario con los perseguidos, presos y exiliados del Cono Sur”. En Mario Ayala, Exiliados argentinos en Venezuela (1974-1983), Tesis de Doctorado, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2017, pp. 209-210, nota 498.

18 Sobre el exilio político en Venezuela, véase Mario Ayala, Exiliados argentinos en Venezuela (1974-1983), op. cit.

19 En Rafael Arráiz Lucca, “Imprentas y editoriales en Venezuela en el siglo XX: mínima crónica del furor por los libros”, en Juan Gustavo Cobo Borda (comp.), Historia de las empresas editoriales de América Latina, Bogotá, CERLALC, 2000, p. 256.

20 La falta de testimonios directos sobre la experiencia profesional de Miler nos obliga a centrarnos en la figura de Divinsky, habitual portavoz de su ex socia.

21 Rodolfo Terragno dirigió la colección Cuestionario de Ediciones de La Flor. Desde 1973 fue director de la revista homónima y Miguel Ángel Diez, subdirector. Sobre su trayectoria, véase Carlos Ulanovsky, Paren las rotativas (1970-2000). Diarios revistas y periodistas. Historia de los medios de comunicación en la Argentina, Emecé, Buenos Aires, 2005, pp. 51-52.

22 Véase Ángel Rama, “La biblioteca Ayacucho como instrumento de integración cultural Latinoamericana”, en Latinoamérica: Anuario de Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, n° 14, 1981, pp. 325-339.

23 En Karina Vásquez, “Biblioteca Ayacucho: una historia para América Latina”, en Jornada Biblioteca Ayacucho: un sueño de religación continental, Buenos Aires, UBA, 2019 organizadas por Marcela Croce.

24 Sobre la relación entre diseño, ilustraciones y contenidos en la Biblioteca Ayacucho, véase Marcela Croce, “Decálogo imaginario de la Patria Grande”, en Catálogo de la jornada y muestra citada ut supra.

25 En Sophie Montreuil, Le livre en série: Histoire et théorie de la collection littéraire, Tesis Doctoral, Montréal, Universidad McGill, 2001, p. 273.

26 En Ángel Luis De La Calle, “Diario de Caracas, nuevo periódico venezolano”, en El País, Madrid, 23 de mayo de 1979.

27 En Ángel Luis De La Calle, op.cit.

28 Tomo como modelo de ficha técnica aquellas elaboradas por Carlos Ulanovsky en op.cit., Emecé, Buenos Aires, 2005.

29 Para una descripción de la prensa en Venezuela, véase José Ricardo Eliaschev, “Los medios de comunicación masiva en Venezuela: un país multimillonario en una nación extranjera”, Revista Crisis, n° 31, noviembre de 1975.

30 Véase “Raúl Lotitto: el emprendedor”, en Martínez Ubieda, Alejandro, Argentina y Venezuela: 20 testimonios, Caracas, Fundación para la Cultura Urbana, 2006, p. 173.

31 Pepe Eliaschev, exiliado en Caracas entre 1974 y 1976, fue designado por Terragno para armar dos o tres “números cero” desde Nueva York, “confeccionados allí para evitar que la competencia pudiera espiarnos”; en 1979, cuando el Frente Sandinista estaba a punto de deponer a Somoza, Eliaschev ofició de enviado especial del diario en Nicaragua. En Pepe Eliaschev, Me lo tenía merecido. Una memoria, Buenos Aires, Sudamericana, 2009, pp. 140-158.

32 Datos procedentes de comunicación vía mail con Miguel Guagnini el día 17 de marzo de 2020.

33 En Pablo Antillano, “Tomás Eloy Martínez cambió el periodismo venezolano”, en Código de Barra, 1 de febrero de 2010, disponible en
http://codigodebarra-revista.blogspot.com/2010/02/tomas-eloy-martinez-cambio-el.html.

34 En Sergio Dahbar, “Prólogo”, en Tomás Eloy Martínez, Ciertas maneras de no hacer nada: Textos Venezolanos, Caracas, La Hoja del Norte, 2015, pp. 24-29.

35 En El Diario de Caracas, “Introducción”, El Libro de estilo, usos y modos del Diario de Caracas, s/d, p. 2.

36 No obstante, se registran anuncios que indican el precio de los ejemplares para coleccionistas: “Desde su aparición, El Diario de Caracas reservó una cantidad limitada de ejemplares de los Libros de Hoy que acompañan su edición dominical. Ahora Usted puede completar su colección u obsequiársela a sus amigos. Cada edición: Bs 4. Las diez primeras: Bs 30. Las veinte primeras: Bs. 55”.

37 Véase la entrevista a Daniel Divinsky: “El Buen Editor”, en Temas para hincarle los dientes, 21 de diciembre de 2007, disponible en:
http://hincando-dientes.blogspot.com/2007/12/el-buen-editor.html.

38 Véase la entrevista a Daniel Divinsky: “El Buen Editor”, en Temas para hincarle los dientes, 21 de diciembre de 2007, disponible en:
http://hincando-dientes.blogspot.com/2007/12/el-buen-editor.html.

39 En Jorge B. Rivera, El periodismo cultural, Buenos Aires, Paidós, 1995, p. 28.

40 En Jorge B. Rivera, op. cit., p. 30.

41 Esta hipótesis se funda, en parte, en una observación: la semejanza entre los criterios de selección de Libros de Hoy y los rasgos con que Ulanovsky describe el suplemento la Opinión Cultural: “Aquel suplemento no era el reino de la literatura: incluía temas históricos, a través de la revisión de mitos populares como Castro, Torrijos, el Che Guevara o Eva Perón, poesía, psicoanálisis, pero también los nuevos espacios de la cultura de masas: historietas, rock, música, análisis de ídolos del cine y del deporte”. En Paren las rotativas (1970-2000). Diarios revistas y periodistas. Historia de los medios de comunicación en la Argentina, Emecé, Buenos Aires, 2005, p. 27.

42 A menudo vinculadas con la escasez de recursos, las antologías favorecen las autorizaciones de reproducción sin costo, las “gentilezas” y “cortesías”, y la reutilización rotativa de materiales. Ilustra este concepto el relato de Divinsky sobre el “invento” del Libro de los autores: “Convencida [Pirí Lugones] de que nos sería muy difícil conseguir textos originales de los grandes escritores argentinos del momento, pero también que el tamaño de sus egos les impediría rehusarse”. En Daniel Divinsky, op. cit., p. 432.

43 En Tomás Eloy Martínez, “Encuentros en una casa equivocada”, en Lugar común la muerte, Buenos Aires, Bruguera, 1983, pp. 74-75.

44 En Augusto Cuatro, “1979”, op. cit. p. 95.

45 Véase José Ricardo Eliaschev, “Los medios de comunicación masiva en Venezuela: un país multimillonario en una nación extranjera”, en Revista Crisis, n° 31, noviembre de 1975, pp. 12-19.

46 Esta línea dialoga con el libro Los testigos de afuera de 1978, compendio de textos de autores latinoamericanos sobre Venezuela, seleccionados e introducidos por Tomás Eloy Martínez con diseño de Juan Fresán.

47 Fausto Masó, periodista cubano exiliado en Caracas, da cuenta del proceso de transformación de Caracas y de la presencia de inmigrantes: “Y como en Caracas había tanta gente que había llegado de afuera –la mitad de los caraqueños, o vienen del interior o vienen de afuera–, lo que me gustaba era que el edificio donde usted nació, lo derruían al día siguiente. Esta ciudad no tenía historia y yo no tenía historia aquí”. En Susana Soto Garrido, “Fausto Masó: El periodista”, 4 de abril de 2017, Prodavinci: http://historico.prodavinci.com.

48 En José Ricardo Eliaschev, “Los medios de comunicación masiva en Venezuela: un país multimillonario en una nación extranjera” en Revista Crisis, n° 31, noviembre de 1975, pp. 12-19.

49 Veáse Andrew Graham-Yooll, Retrato de un exilio, Buenos Aires, Sudamericana, 1985.

50 La elección de Venezuela como sede del primer encuentro de Lacan con sus lectores latinoamericanos está directamente ligada a la situación política argentina: “Hubo una larga discusión sobre dónde hacerlo. [L]a ciudad lógica tendría que haber sido Buenos Aires, donde su enseñanza tenía una implantación muy fuerte, pero él dijo: ‘Donde hay botas yo no voy’. Se suele olvidar que se hizo en Caracas porque Lacan no quiso venir a Buenos Aires. Y no vino no por miedo, sino porque hubiera sido avalar una dictadura” (Rabinovich citada en Zunini infra). Sobre la presencia de Lacan en Caracas por invitación de Rabinovich, véase el artículo reciente de Patricio Zunini, “Cuando Lacan llegó a Venezuela y se encontró con sus lectores”, en Infobae, 30 de julio de 2020 y la entrevista de Rodolfo Zibell, “Grandes Maestros: Diana Rabinovich”, en Encrucijadas, n° 53, diciembre de 2011, pp. 87-92.

51 Entrevista a Daniel Divinsky realizada por la autora el día 28/04/2018.

52 Por “su modo de decir y de narrar, de un argentino para otro argentino”, como señala Laura Vázquez en “Sobre Inodoro y Boogie: en torno a la crítica, los géneros y los medios”, en Judith Gociol (comp.), Roberto “el Negro” Fontanarrosa. Archivos clasificados, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2017, s/p.

53 Carta de Daniel Divinsky a Roberto Fontanarrosa, Caracas, 26 de noviembre de 1980, Archivo de Historieta y Humor Gráfico, Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Argentina.


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